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Aprender a escuchar el horror


Hace poco menos de ocho años conocí a Fátima M, la mujer cuyo testimonio invalidó esta semana el tribunal que liberó a los acusados de desaparecer a Marita Verón. Era una tarde calurosa en el fondo de un restaurante del centro. Un amigo de un amigo la refugiaba en ese momento de sus captores, la banda de proxenetas que la había mantenido cautiva en Tucumán. Fátima M. había sido víctima de trata; la habían secuestrado, obligado a prostituirse, violado, golpeado cada vez que se resistió y la habían inyectado con cocaína diluida durante meses para que su “trabajo” forzado fuera hecho con mayor productividad. En ese entonces tenía 18 años: morena, el pelo negro en bucles, luminosa a pesar del maltrato y la intoxicación; la piel perlada, la belleza terca de la juventud. Hablamos durante horas. Fátima tenía en los brazos un bebé, uno de sus mellizos. El bebé no se movía, ni lloraba, ni emitía sonido alguno. Pasadas las horas le pregunté por el niño y entonces Fátima me contó lo que los médicos intentaban explicarle a ella: que posiblemente la malformación de la niña –era una beba, supe-- en manos y pies, en la columna, el retraso mental grave, y la ceguera, fueran una malformación genética consecuencia de las cocaína inyectada. El dato frenó nuestra conversación.

Entonces, apenas se conocía el caso Marita Verón. Como cronista, yo intentaba reconstruir la historia de la esclavitud de mujeres sometidas a la prostitución por encargo de una revista mexicana. Fátima había visto a María de los Angeles Verón encerrada, sometida como ella, drogada, y viva. Blanca, la mujer que la acompañaba, también al cuidado del Programa Anti Impunidad creado por Néstor Kirchner, era otra testigo clave. Ninguna, entonces, había declarado ante la justicia. La madre de Marita, Susana Trimarco, las había encontrado, siguiendo las huellas de su propia investigación, y las había protegido convenciéndolas así de declarar. Esa tarde me fueron narrados los vejámenes, las torturas. Esa tarde Blanca contó las ceremonias de un extraño umbanda criollo en el que la Pomba Gira, la deidad de origen brasilero que representa a las prostitutas en el parnaso de esa religión afro, era adorada por la Chancha Ale, por la Lili Medina, por la Daniela Milheim –su captora--. En esa ceremonia, me dijo, las obligaban a beber en una copa de plata los restos de los abortos compulsivos que se le practicaban a las chicas embarazadas en honor a la Pomba Gira. Ale, Medina, Milheim fueron luego acusados junto a otros 10, en la mega causa que supuestamente se resolvió el último miércoles con el fallo absolutorio. La causa que horrorizó al país.

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